La habitación es un salón. Un sofá grande y de color gris ocupa el centro. Frente a él, una mesita de cristal sostiene una escultura decorativa, una forma curva y abstracta. En una esquina, una planta de interior crece en su maceta. En la pared cuelga un cuadro, un fondo oscuro con trazos blancos. La luz es artificial, cenital.
Sus caderas en sus manos
Sobre el sofá, ella está sentada sobre él. Sus nalgas se hunden en su regazo. Sus piernas están abiertas, sus pies apoyados en el suelo a cada lado de sus caderas. Él está sentado, la espalda contra los cojines. Sus manos rodean las caderas de ella, los pulgares presionando la curva donde el torso se encuentra con los muslos. Ella lleva un sostén negro de encaje, y sus piernas están cubiertas por medias negras. En su antebrazo izquierdo, un tatuaje serpentea. Otro, más pequeño, asoma justo por encima de la línea de sus bragas, en el muslo izquierdo. Él está desnudo de cintura para arriba. Su cabeza está afeitada. Su hombro derecho está limpio, sin marcas.
Ella se mueve primero. Gira el torso, apoyando las manos en el sofá a su espalda. Luego, con un movimiento fluido, se desplaza hacia adelante, arqueando la espalda. Termina de rodillas sobre el sofá, con las palmas de las manos apoyadas en el tejido gris. Ahora le da la espalda a él. Su cuerpo forma una curva desde los hombros hasta las caderas. El tatuaje de su muslo queda completamente a la vista.
Él responde al movimiento. Se inclina hacia delante desde su posición sentada. Su torso se curva sobre su espalda baja. Su cabeza baja. Sus labios se posan en la piel de su nalga derecha, justo donde la tela de las bragas se hunde en la carne. Es un contacto firme, mantenido. Permanece así, inclinado sobre ella, mientras ella aguanta la posición, inmóvil sobre sus manos y rodillas. La escultura en la mesita de cristal parece observarlos, silenciosa. La planta no se mueve. En el cuadro, los trazos blancos se enredan sobre el fondo oscuro.
Mientras él no se mueve
Alrededor del minuto cinco ella se recuesta de lado sobre el sofá. Su espalda está contra el respaldo, las rodillas dobladas una sobre la otra. La cinta de su sostén se ha soltado y descansa sobre la piel. Él se ha levantado. Queda de pie junto al sofá, frente a ella, mirando hacia abajo.
Un descanso, o una preparación
Ella no mira hacia arriba. Su mirada pasa por encima de la mesa de centro, hacia la planta en la esquina. Su mano izquierda, la del tatuaje, se queda quieta sobre su propio costado. La otra mano la apoya en el hueco que forma su cuerpo entre las costillas y la cadera. Respira. Su pecho sube y baja con un ritmo constante, todavía rápido. Los tirantes de los medias negros le marcan líneas tenues en los muslos.
Él permanece allí, inmóvil. Sus pies están firmes en la alfombra, separados al ancho de sus hombros. La luz de la habitación le golpea la parte superior del cráneo. La piel de su espalda y su hombro derecho, el tatuado, está tensa. No hace un gesto por tocarla. Solo la observa. Los minutos pasan así, con ella quieta en el sofá y él de pie junto a ella, sin moverse. La escultura de vidrio sobre la mesa refleja un destalle de la lámpara.
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Luego, un cambio pequeño. La mano de ella en su costado se desliza un poco, hacia el vientre. Es un movimiento lento, casi imperceptible. Sus dedos rozan la tela negra de las bragas. Al mismo tiempo, él finalmente baja la mirada de su rostro. La recorre de arriba abajo, desde los hombros hasta los pies. Toma aire. Flexiona levemente las rodillas, como si se preparara para algo, pero no avanza. Sigue esperando. El aire en la habitación parece espesarse.
Su espalda contra el sofá
Ella gira sobre sí misma, un movimiento lento que arrastra la tela del sofá bajo su espalda. Su cuerpo queda ahora boca arriba, mirando al techo. Sus piernas, antes dobladas de lado, se estiran un poco, pero no del todo. Él se mueve con ella, sin separarse, y se acomoda encima. Su peso se apoya principalmente en sus brazos, que flanquean la cabeza de ella. Sus cuerpos están alineados, pecho contra pecho, vientre contra vientre.
La postura dura unos segundos inmóviles. Luego, una serie de ajustes pequeños, casi imperceptibles, modifican la escena.
- Ella gira la cabeza hacia la izquierda, apoyando la mejilla en el gris claro del sofá.
- Su brazo derecho, que estaba a su lado, se dobla y su mano queda cerca de su propio hombro.
- Él flexiona un poco más los codos, bajando su torso unos centímetros hacia ella.
- Una de sus rodillas se ajusta en el hueco entre el muslo de ella y el sofá.
- Los dedos de su pie derecho se flexionan contra el suelo, buscando un mejor apoyo.
- Ella arquea levemente la espalda, elevando su pelvis unos milímetros.
- Su respiración mueve un mechón de su propio pelo que le cae sobre la frente.
Tras estos movimientos, la quietud vuelve. Él permanece arriba, suspendido. Ella abajo, recibiendo el peso. Sus caras están muy cerca, pero no se tocan. La tensión en los brazos de él es visible. Los músculos de sus hombros están contraídos por el esfuerzo de sostenerse. Abajo, entre la pierna de ella y el respaldo del sofá, descansa el vibrador blanco. No está en su sitio, no debería estar ahí, fuera de la acción, olvidado. Ella no lo toca. Él tampoco. Sigue ahí, inmóvil, un objeto fuera de lugar en la quietud de sus cuerpos.
Sin llegar al borde
Ella se recoloca sobre él, que permanece tumbado de espaldas. Sus muslos se abren más, hundiendo el sofá un poco más. Su espalda se arquea, alejando sus hombros del pecho de él. Sus manos, que hasta entonces estaban apoyadas a los lados de su torso, se levantan y buscan sus pechos. Los dedos se cierran sobre los pezones a través de la tela del sostén.
Él no se mueve. Sus manos están quietas, las palmas hacia arriba, sobre el cojín a la altura de sus caderas. Su respiración levanta el pecho de forma constante.
Ella empieza a moverse con un ritmo pausado. Es un balanceo más que un vaivén, un desplazamiento de sus caderas que apenas lo roza. La tensión del movimiento recorre su vientre. Sus dedos siguen apretando la tela negra del sujetador. Minuto tras minuto, el movimiento no cambia, no se acelera, no se hace más profundo. Es como si midiera un territorio, probara los límites de la postura. La habitación contiene este movimiento, lo amortigua, sin empujarlo hacia ningún lado.
Mientras tanto, algunos objetos han cambiado de sitio o de estado desde que empezó todo.
| La cosa | Dónde estaba | Qué pasó |
|---|---|---|
| El vibrador blanco | En el suelo, junto a la pata de la mesa | Rueda unos centímetros cuando su pie lo roza sin querer. |
| Un cojín del sofá | Debajo de la cabeza de ella | Ahora yace en el suelo, empujado fuera durante el cambio de postura. |
| La escultura decorativa | En el centro de la mesa | Se mantiene exactamente en su lugar, sin que nadie la toque. |
| La planta | En su maceta, en una esquina | Una de sus hojas más bajas se desprende y cae a la tierra. |
| Las gafas de ella | Sobre la mesita de cristal | El vapor de los cuerpos empaña levemente uno de los cristales. |
Después de un rato largo en esa misma cadencia, ella se detiene. Queda sentada sobre él, quieta. Su respiración ahora es más notable. Luego, sin previo aviso, se inclina hacia delante. Apoya las manos a ambos lados de la cabeza de él, en el respaldo del sofá. Su torso queda casi horizontal sobre el de él. Desde ahí, gira la cabeza hacia la mesa de centro, como si buscara algo con la mirada. No lo encuentra, o cambia de idea. En lugar de volver a la posición anterior, se baja. Se desliza del sofá y se coloca de rodillas en la alfombra, frente a él, que sigue sin moverse.
Se aleja entre los muebles
Él se coloca de pie detrás de ella, que permanece a cuatro patas sobre el sofá. Sus manos se posan en sus caderas. Ella arquea la espalda, hundiendo los hombros en el cojín gris. La habitación guarda silencio. Solo el crujido leve de la tela bajo sus rodillas. Él se inclina sobre su espalda. Su torso se acerca a su piel. La respiración de ella es profunda. La luz de la lámpara juega con las sombras que proyectan sobre el suelo.
Un interrupción en la piel
De pronto, sus manos se apartan de sus caderas. Ella no se mueve, manteniendo la posición. Él da un paso hacia atrás, luego otro. Se aleja del sofá y de la figura que queda sobre él. Cruza la habitación caminando junto al sillón. Su espalda tatuada se pierde por un instante detrás de las hojas de la planta de la esquina. Sus pasos son silenciosos sobre la alfombra.
Ella se queda inmóvil. Sus nudillos blanquean donde se aferran al cojín. La curva de su columna se mantiene tensa. Mira hacia la pared frente al sofá, hacia el cuadro abstracto colgado allí. No gira la cabeza para seguirlo con la mirada. Permanece en su sitio, esperando. El aire en la sala parece cambiar, volverse más pesado. Los objetos —el jarrón en la mesa, el cojín— recuperan su presencia silenciosa.
Hasta que se abre la puerta
La puerta se abre y él vuelve a entrar en la sala. Cruza la habitación sin prisa y se acerca al sofá gris. Ella sigue sentada en el mismo lugar, esperando. Él se acuesta de espaldas frente a ella, sobre los cojines. Ella se ajusta las gafas con un movimiento rápido de la mano y se coloca sobre él, hundiéndose lentamente. Su cuerpo cubre el suyo. La tensión de sus músculos es visible bajo la luz de la lámpara.
Él yace inmóvil, con los brazos a los lados. Sus manos descansan sobre la tela del sofá. Ella es la que se mueve, balanceándose con un ritmo constante. Su cabello negro cae sobre sus hombros. La cinta del sostén a rayas blancas y negras se marca en su espalda. La planta cerca del sillón proyecta una sombra alargada sobre la pared.
Ella apoya las manos en su pecho para mantener el equilibrio. La tattoo en su antebrazo izquierdo, un diseño intrincado, se distingue con cada movimiento. En el silencio de la sala, solo se oye el leve crujir del muelle del sofá. El vibrador blanco sigue sobre la mesa de cristal, cerca de la escultura decorativa, sin que nadie lo toque.
Ella cambia ligeramente el ángulo, arqueando la espalda. Él no altera su postura. Sus ojos están abiertos, mirando al techo. El cuadro en la pared, una mancha de color abstracta, permanece como testigo mudo. Así continúan, en esa quietud cargada, hasta que el minutero avanza un paso más. En el último instante conocido, ella todavía está sentada sobre él, y él sigue tumbado de espaldas, sin mover un músculo.
